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Etapa 2. San Vicente del Palacio - Medina del CampoImagen en alta resolución. Este enlace se abrirá mediante lightbox, puede haber un cambio de contexto La forma más corta de llegar a Medina del Campo es seguir por la vía de servicio que corre junto a la autovía. También la más ruidosa y desagradable.

Para cogerla basta continuar por la calle principal del pueblo hacia el cementerio y, a la salida, seguir durante 2 km hasta confluir con la autovía a la altura de un viejo puente de once arcos sobre el cauce del río Zapardiel (N41 14.329 W4 51.712). Desde ahí hasta Medina median 8,5 km.

Otra opción, ligeramente más larga pero mucho más apetecible, discurre entre campos de labor, pinadas y bodones dejando a la autovía en la distancia. Para tomarla hay que dejar la calle principal de San Vicente por la calle de la Vega, que se abre por la izquierda.

El pago de La Vega, situado a 1 km del pueblo, no es otra cosa que la vega del río Zapardiel, una pequeña depresión proclive al encharcamiento que, a cambio, regala pastos frescos cuando en otros sitios ya se han agostado.

Y es que por aquí, como se verá con mayor claridad tan sólo unos kilómetros más adelante, las capas freáticas del subsuelo son tan superficiales que a menudo devienen en charcas estacionales.

Quinientos metros después, el camino hace un viraje hacia el norte, en el punto en el que un camino enlaza por la izquierda, y se emprende un tramo completamente recto de 2 km mientras se superan dos ramales por la derecha.

El final del tramo recto, en el que el camino gira claramente hacia la autovía, está marcado por una bifurcación (N41 14.555 W4 52.887) en la que hay desviarse por el ramal izquierdo hacia los pinares que se ven al fondo.

Son 300 metros entre pastos en los que al final se alcanza un sendero que llega por la izquierda y 30 metros después una nueva bifurcación marcada con la presencia de un monolito kilométrico: 451 km hasta Santiago. En este punto toca coger el camino de la derecha, que apunta claramente hacia el norte, dejando los pinares más cercanos a la izquierda. Un camino más arenoso e irregular que el que se trajo conduce en 800 metros hasta una pequeña pinada que se deja por la derecha. 

Puente sobre el río Zapardiel, en las proximidades de San Vicente del Palacio

Rincones y más rincones

Castillo de la Mota Medina del Campo atesora un denso legado monumental que merece la pena disfrutar con el tiempo y la intensidad que se merece. Además de los lugares ya citados, no deberían olvi-darse otros como la iglesia de Santiago, templo del siglo XVI adornado con unos impresionantes retablos; el palacio de los Dueñas, centro docente que pasa por ser uno de los mejores ejemplos de arquitectura renacentista de Me-dina; la iglesia del convento de Las Agustinas, del siglo XVI; la iglesia del convento de los Carmelitas; el convento de San José, fundado por Santa Teresa; el hospital de Simón Ruiz; el edificio de las Reales Carnicerías, actual mer-cado; la iglesia de San Miguel...

Sin olvidar que en el contorno más inmediato se descubren dos rincones de indudable interés: el balneario de Las Salinas, en cuyo parque se localizan la capilla del Milenio, realizada por Gabarrón, y un reguero de obras vanguardista, y el palacio de la Casa Blanca.

Seiscientos metros después se alcanza una intersección en la que se sigue recto y 400 metros más adelante se llega a un nuevo cruce, de suelos arenosos, tras el cual se comienza a bordear una pinada más grande por su costado izquierdo.

El siguiente cruce se presenta 250 metros después de finalizado el pinar a la altura de dos grandes ojos lagunares conocidos como Lagunas Reales (N41 16.032 W4 53.588), incluidas en la Red de Espacios Naturales como Zona Húmeda Catalogada.

Toda esta área desde Ataquines para acá, acusa, como ya se dijo, una capa freática muy superficial con facilidad, cuando los acuíferos rebosan, para aflorar en forma de lagunas estacionales que, como estas dos, se convierten en zonas inundables de carácter intermitente.

Cuando esto sucede, devienen también en pequeños oasis en torno a los cuales se da cita una variada comunidad faunística, especialmente de aves que encuentran en ellas un apetitoso menú de pequeños insectos e invertebrados. Cuando se secan, estas pequeñas depresiones del terreno se distinguen de las zonas cultivables por los espadañales y el manto verde que tapiza el suelo arenoso que hace de cuenca.

El periplo prosigue en dirección norte, por el camino más marcado, hasta alcanzar un nuevo cruce a 754 metros de las lagunas. Hay que continuar de frente atravesando por uno de sus costados el extenso pinar de Aguiluz mientras se hace cada vez más evidente la presencia de la autovía por la derecha y a su vera se llega casi 800 metros después de finalizada la travesía por este pinar, en el mismo punto por donde penetra uno de sus accesos a Medina del Campo.

La entrada que el peregrino hace en Medina por la antigua carretera de Madrid le lleva enseguida a pasar junto al parque de Las Ferias, obra diseñada por el artista Cristóbal Gabarrón en el que se pretende rendir homenaje a la condición comercial que hizo de esta localidad una de las más principales en el mundo conocido entre los siglos XV y XVI.

El papel de Medina en la Historia, denso y dilatado, ha dejado un casco urbano plagado de conventos, palacetes, iglesias y espacios tan señeros como el de su plaza Mayor, hacia la que hay que encaminarse de inmediato, casi todo ello fraguado en la época dorada de esta industriosa y emprendedora villa, en torno a los mencionados siglos XV y XVI.

Es en ese momento, en buena parte debido al manifiesto afecto que muestran los Reyes Católicos por ella, y especialmente la reina, cuando Medina conoce su mayor expansión urbanística.

El empuje otorgado por estos reyes a sus ferias convierte a Medina del Campo en el foro comercial hasta el que acudían mercaderes, comerciantes y banqueros de toda Europa para realizar sus operaciones. Todo lo que supuso este momento y el significado que aún tiene en el sistema económico actual se muestra magníficamente en el Museo de las Ferias, acondicionado en la iglesia de San Martín.

Tanto el corazón de aquella Medina que la reina Isabel la Católica la convirtió en su ciudad predilecta, como el de la actual, está en su plaza Mayor. Sus dimensiones evidencian la envergadura del ajetreo comercial que en ella tenía lugar.

Como entonces, sigue presidida por la iglesia de San Antolín, excolegiata imponente desde cuya torre marcan las horas las figuras de Los Maragatos. Lo mismo que continúa en su sitio el balconcillo de la Virgen del Pópulo, altar de referencia desde el que se oficiaban las misas los días de mercado para que la obligación -de asistir a misa- no estuviera reñida con la devoción -de atender cada cual su negocio-.

A su lado queda el edificio histórico del Ayuntamiento, la Casa de los Arcos y, esquinado, el Palacio Real Testamentario. Si bien sus orígenes están en el siglo XIII y en su vida figuran otros episodios importantes, lo cierto es que ya en el nombre lleva el más trascendental de todos: el dictado que hizo de su testamento la reina Isabel la Católica mientras esperaba su muerte en él, acaecida el 26 de noviembre de 1504.

El castillo de La Mota es, para algunos, la mejor fortaleza de toda la península Ibérica.

Castillo de la Mota Levantado sobre el mismo cerro en el que se asentaron los primeros pobladores del enclave, en una mota sobre el llano -suave prominencia del terreno desde el que se domina el entorno-, el castillo ha sido arte y parte en trascendentales episodios de la Historia.

Sus orígenes pueden remontarse hasta el siglo XIII aunque la actual configuración se debe, sobre todo, al cariño que los Reyes Católicos tomaron por la fortaleza convirtiéndola en una de sus preferidas.

Por estos mismos pasillos paseó sus fantasmas doña Juana la Loca, mientras ansiaba el momento de reunirse con su marido en Flandes.

Dada la perfecta inexpugnabilidad de su torre del homenaje fue utilizada, entre los siglos XIV al XVII, como cárcel de Estado por la que pasaron ilustres presos como el Duque de Calabria, Diego Hurtado de Mendoza o César Borgia, quien, en la noche del 25 de octubre de 1506, consiguió fugarse espectacularmente de la fortaleza descolgándose con una larga soga por la torre.

También han visto las estancias de este edificio desfilar por ellas un sin número de documentos, cartas y legajos propios de su condición de Archivo de la Corona, durante el reinado de Juan II y de Enrique IV, siendo trasladada esta función al castillo de Simancas por orden de Carlos V.

Más sin sabores le procuró su utilización como parque de artillería, organizado en el interior del bastión por los propios Reyes Católicos. Este hecho provocó directamente que durante la guerra de Las Comunidades fuera atacado con saña en el intento desesperado de hacerse con su valioso contenido.

Quizás lo más sabroso del recorrido guiado por su interior es la bajada al pasillo artillero que bordea por completo el castillo. Aunque se recorre sólo una parte de él, resulta suficiente para hacerse una idea del ambientazo que debía de respirarse en esas galerías los días de trabajo.

Es decir, cuando estaban hasta lo topes de hombres, armamento y munición ejercitando un toma y daca de esos que lo dejan todo perdido de escombros, cuerpos reventados, un ruido ensordecedor y un humo que, además de irritar los ojos hasta que obliga a disparar a ciegas deja los pulmones con más averías que la silicosis.

Menos truculento y, sobre todo, mucho más didáctico, es el recorrido que también se realiza junto a los cimientos de las casas que los pobladores de la Edad del Bronce levantaron en ese mismo cerro, embrión de la ciudad actual, y que hoy quedan justo bajo el Centro de Recepción de Visitantes situado frente al castillo.

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