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Camino de Valverde de Campos-Medina de RiosecoImagen en alta resolución. Este enlace se abrirá mediante lightbox, puede haber un cambio de contexto El trayecto desde aquí a Rioseco sigue el mismo trazado que en su día tuvo aquel tren desmantelado. Si bien al comienzo todavía es reconocible, más adelante aquel trazado ferroviario ha acabado transformado en pista agrícola.

A la salida de Valverde son perfectamente identificables, a media ladera, los retazos de la vieja estación de tren. Salvando el repecho, y después de un inevitable vistazo a las cuatro paredes que quedan, la caja por la que en su día estuvieron tendidos los raíles encamina los primeros pasos hacia Medina.

Un poco más adelante carretera y plataforma corren juntas y casi se superponen mientras bordean el Alto de Caballeros. Casi un kilómetro después, tras dejar atrás el cruce con otra pista, el trazado de aquel tren acaba por obligar a cruzar la carretera VA-515 y, un poco después, el Canal de Macías Picavea.

Un kilómetro más adelante se sale a la VA-505. Girando por el asfalto hacia la derecha y tras pasar el río Sequillo -responsable del apellido que le quedó a esta Medina para diferenciarla de la Del Campo- se entra en esta localidad por el lugar que ocupara aquí también la estación de aquel desaparecido tren.

La contundencia monumental de lo que aguarda en Medina de Rioseco es más que clara para quien se va acercando poco a poco a la ciudad. A medida que su perfil se agranda y el desafío de sus torres se hace cada vez más inminente, el apetito por destripar sus encantos se hace también incontenible.

No hace falta mucho esfuerzo mental para tener la certeza de que esta localidad atesora el mayor patrimonio monumental de toda la Tierra de Campos. Tanto y tan bueno es consecuencia -como siempre sucede- de un pasado trufado de episodios memorables, personajes influyentes y dinero a espuertas.

Todo gracias a que en 1421 Juan II otorga la villa a Alonso Enríquez, primer almirante de Castilla, y este la convierte en la sede de su almirantazgo. Algo así como la capital política del momento si se tiene en cuenta el inmenso poder que el cargo conllevaba.

Medina va cobrando peso en la vida económica y social del momento, atrayendo hacia el solar noblezas advenedizas y la población necesaria para irse convirtiendo, poco a poco, en una de las más destacadas urbes del noroeste peninsular. Sobre todo a partir del momento en el que los Reyes Católicos deciden potenciar sus ferias y estas acaban convirtiéndose en un importantísimo centro de negocios sin parangón desde aquí hasta el Cantábrico.

La Rúa Mayor es la calle más representativa de Medina de Rioseco Y de tanto y tanto, por fortuna, quedan huellas hoy. En primer lugar en sus calles, en las que abundan los escudos nobiliarios y los soportales. Símbolo de la ciudad es su Rúa Mayor, escenario de los trágicos desfiles de Semana Santa, declarados de Interés Turístico Internacional, pero, sobre todo, la huella más pertinaz de la historia se contempla en sus magníficos templos.

Santa María de Mediavilla es uno de ellos. En su retablo mayor se ve la mano de maestros de la talla de Gaspar Becerra, Juan de Juni y Esteban Jordán. Enorme interés tiene también la capilla de los Benavente, derroche de imaginación y festival animado en el que nada parece estarse quieto ni para salir en las fotos, tal es la profusión y belleza de figuras que lo abarrotan todo: santos, sirenas, monstruos, animales, profetas, pecados, cariátides, el Paraíso..., y hasta la muerte a través de una figura que toca la guitarra.


De ineludible visita para quien camina hacia Compostela es la cercana iglesia de Santiago, que brinda la recompensa añadida de ser recibido por un Santiago peregrino que con zurrón y cayado se aloja, entre una envoltura de conchas, en lo alto de una hornacina sobre la puerta de entrada meridional.

Es sólo el anuncio de que este es uno de los templos que alberga más referencias al santo y a las peregrinaciones jacobeas de todo el Camino de Madrid. Y no sólo en su impresionante retablo mayor, de estilo barroco diseñado por Joaquín de Churriguera y realizado por Tomás de Sierra, que está dedicado a la vida y milagros del santo.

El edificio es obra de 1533 con diseño de Rodrigo Gil de Hontañón. Frente a la puerta principal se erigió en el año 2004 un crucero.

El interior de la iglesia de Santa Cruz acoge el magnífico Museo de la Semana Santa, sin duda la mejor manera de disfrutar y conocer en cualquier momento del año lo que suponen estas celebraciones religiosas de antiquísima tradición y hondo sentimiento. Por no hablar del inmenso valor artístico de unas tallas capaces de emocionar hasta lo indecible.

El convento de San Francisco fue una fundación, en 1491, del almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, que hizo de su capilla mayor el panteón familiar y, por añadidura, de su enriquecimiento mobiliario una cuestión personal. Por eso sorprenden tanto las hechuras del conjunto como su decoración. No hay que dejar de fijarse en los grupos escultóricos de barro cocido representando a san Jerónimo y san Esteban, realizados por Juan de Juni. En este imponente marco se encuadra su magnífico Museo de San Francisco.

Interior del Museo de la Semana Santa

El paseo urbano debe dejar tiempo también para la visita a las tres puertas que aún quedan de sus murallas: la del Ajújar; la de Zamora; y la de San Sebastián.

Otro de los hitos fundamentales en la historia de la ciudad es la llegada hasta ella del Canal de Castilla, cuyo Ramal de Campos finaliza aquí, una de las obras de ingeniería hidráulica más importantes realizadas nunca en España.

Especialmente por el contexto histórico en el que fue pensada y desarrollada: a finales del siglo XVIII los políticos de la Ilustración dieron el impulso final al proyecto de trazar un largo canal que uniera el corazón de la meseta con el puerto de Santander. Aquel proyecto pretendía crear una vía de comunicación moderna y rápida que rompiera el ancestral aislamiento de la meseta, carente de vías de transporte eficaces.

Es así como en el transcurso de 100 años se va fraguando un largo canal formado por tres brazos tendidos entre Alar del Rey, en el norte y Medina de Rioseco y Valladolid, en el interior de la meseta.

La visita a la dársena de Medina de Rioseco es, por tanto, también un viaje en el tiempo y una forma de acercarse a las vicisitudes que envolvieron el desarrollo de aquel proyecto. Allí se ubican la fábrica de harinas San Antonio, convertida en interesante museo fabril, y el Centro de Recepción de Viajeros, desde donde parten los viajes en barco que alcanzan hasta la séptima esclusa, a donde, por cierto, se dirigirá también el peregrino.

Un tren llamado Burra

Es a finales del siglo XIX cuando el Gobierno impulsa un proyecto ferroviario para revitalizar el sector noroccidental de la comarca de Tierra de Campos. Tras hacerse cargo de la línea la Compañía de los Ferrocarriles de Castilla, la inauguración del trazado entre Medina de Rioseco y Palanquines tuvo lugar el 17 de abril de 1915, convirtiendo a Medina de Rioseco en un notable nudo de comunicaciones ferroviarias, desde donde se conseguía enlazar por tren con Valladolid y con Palencia.

La lentitud que las máquinas de vapor de aquel ferrocarril presentaban al acometer algunas de las cuestas de los Torozos hicieron que fueran apodadas como las del Tren Burra. Una de aquellas esforzadas Chocolateras, como también se apodaba a las locomotoras que hacían este trayecto, la "Número 7", puede verse varada frente a la Estación de Autobuses de Medina de Rioseco, en un emplazamiento que la encara con los que a buen seguro fueron su más certeros verdugos.

El desmantelamiento total del ferrocarril se produjo en 1969.

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