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Camino de Moral de la Reina-Cuenca de CamposImagen en alta resolución. Este enlace se abrirá mediante lightbox, puede haber un cambio de contexto En Cuenca de Campos tienen a gala el cariño por lo suyo. Hay un montón de evidencias en cualquier paseo por ella. Si se encamina uno hacia la plaza Mayor, que es hacia donde lleva el instinto, lo primero que se encuentra es el albergue de peregrinos, ubicado en el antiguo edificio de las escuelas, que data del año 1885.

Esta localidad demostró sensibilidad e inquietud al ser la primera de todo el Camino de Santiago de Madrid en habilitar un albergue para los peregrinos, en el año 2001. Puede que en ello influyera bastante la memoria larga que aquí se tiene de las cuadrillas de segadores gallegos que por estos lares llegaban cada temporada. La amplia plaza Mayor da pie para disfrutar de un pedazo de arquitectura tradicional en estado puro. No hacen falta muchas explicaciones.

La vista enseguida se fija en el rincón donde perdura un tramo de soportal de hechuras rústicas e indudable sabor: el rincón de la Soledad.

Levantados a la manera que se acostumbraba en Castilla los soportales son, cada vez más, una estampa en extinción. El valor de los espacios porticados en estas tierras, que muchos de los pueblos de Campos tenían y algunos aún conservan, viene dado por la dureza de un clima del que se encuentra en ellos refugio.

Y no tanto de la lluvias, que no son por aquí abundantes, si no, más bien, de los vientos fríos y, sobre todo, de los calores del verano. Como el caminante ya sabe valorar de sobra, las sombras en estas parameras de Castilla son un bien escaso y, por eso, muy caro. La sombra de los soportales amparaba las tertulias callejeras del verano y el sol tomado a resguardo en los inviernos.

En este, una rústica viga con muchas generaciones a la espalda hace de asiento, mientras que en la pared una estampa de la Virgen bendice los juicios y frena las blasfemias de los comentarios que van subiendo de tono a medida que los ánimos se calientan. Aquí paz y después gloria, junto a ella el tablón de anuncios del Ayuntamiento seguro que da pie a sacar tema cuando los demás se agotan.

El Ayuntamiento se alza enfrente y también tiene soportales, pero de mayor enjundia. Es un edificio de finales del XVIII.

Dentro del pueblo, además de detalles de gusto tradicional, hay que buscar la iglesia de los Santos Justo y Pastor, única superviviente con culto de las cinco que tuvo. Y hay que hacer todo lo posible para verla por dentro: sus artesonados mudéjares de mediados del siglo XVI son de los más hermosos de las provincia, un lujo de techumbres de madera trenzados a escuadra y cartabón.

También es de mérito el retablo barroco, como lo es la extraordinaria colección de piezas que exhibe el Museo de Arte de Sacro habilitado en su interior. La otra iglesia en pie es la de Santa María. Es de ladrillo y de estilo gótico, y está dedicada a recinto cultural.

Cuenca de Campos

Otro recinto muy especial es el que acotan las tapias remendadas del convento de San Bernardino de Siena, edificio en manos privadas que fue fundación, en el siglo XV, del Condestable de Castilla, de quien Cuenca era señorío.

Los retazos de aquella fundación, que a pesar de los estragos del tiempo y desguace de algunos elementos sigue teniendo rincones de interés, se acabó convirtiendo con el tiempo en morada de unos visitantes inesperados: una colonia de cernícalos primilla que encontraron huecos suficientes entre las tejas y desconchones para sacar adelante su prole.

Los vaivenes de tan singulares inquilinos, especie protegida en peligro de extinción, tienen su mejor observatorio desde la torre de la ermita de Santa Bárbara, en lo más alto del pueblo. Hasta allí merece la pena subir tanto para observar los vuelos de esta pequeña rapaz esteparia como para disfrutar de unas vistas impagables del casco urbano y los anchos horizontes de Castilla.

La torre, en la que unos paneles ponen al corriente de las costumbres del primilla, es conocida en el pueblo como la de Conjuradero porque desde ella, y al amparo de Santa Bárbara, se combatían las tormentas a fuerza de rezo y procesión.

La ubicación de la localidad en una hondonada proclive a las inundaciones hizo que a finales del siglo XVIII se acometieran en ella una serie de obras hidráulicas conocidas como el Canal de las Lluvias -o la Ría, para los vecinos-, encaminadas a domesticar las avenidas y salvaguardar los trastos en caso de pertinaz chaparrón o tormenta en tromba.

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