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Mapa Camino de Puente Duero-SimancasImagen en alta resolución. Este enlace se abrirá mediante lightbox, puede haber un cambio de contexto La salida de Puente Duero hacia Simancas hay que buscarla pasando a la orilla derecha del río y por la primera calle que se abre por la izquierda.

A los pocos metros queda convertida en un camino que corre paralelo al Duero hasta que en una de sus marcadas curvas se incorpora a un camino más ancho que llega por la derecha.

La inminencia de la carretera que une Puente Duero y Simancas es evidente mientras se alcanza el acceso al restaurante El Bohío. Casi a sus puertas, las flechas amarillas introducen el camino por el pinar (N41 34.129 W4 48.489) para, sin cambiar de dirección acabar saliendo, en 1,5 km, a un área deportiva que se rodea hacia la derecha.

El camino prosigue por la antigua carretera, más estrecha que la que soporta el tráfico actual, que bordea una tapia. Por ella se alcanza, en 1 km más, el puente medieval de Simancas.

Es difícil resistirse a un momento de contemplación ante la hermosa estampa que componen el caserío, agarrado como puede a las laderas de un cerro arcilloso sobre el que despuntan iglesia y castillo, y el puente tendido, como una alfombra que diera la bienvenida, a sus pies.

Por eso, puede merecer la pena buscar la manera de acercarse hasta la misma orilla del río. Es así como mejor lucen los diecisiete ojos apuntados que llevan aguantando la embestida del Pisuerga desde hace siglos.

Casi desde que los mismos romanos se asentaron aquí para controlar el puente y el paso por este lugar de varias calzadas, entre ellas la que unía Emerita Augusta (Mérida) y Caesaraugusta (Zaragoza).

Puente de Simancas sobre el Pisuerga En torno al siglo X d.C., Simancas ya formaba parte de la línea defensiva que el bando cristiano trazó a lo largo del Duero para hacer retroceder el empuje musulmán durante la Reconquista y fue escenario de importantes batallas, como la que enfrentó en el año 939 a Abd al-Rahman III y al rey leonés Ramiro II.

El callejeo por el interior de la población revela un casco urbano que ha sabido conservar en buena medida sus señas de identidad, con abundancia de rincones coquetos y una arquitectura añeja que mezcla con compostura el sillar y el ladrillo.

Abundan los escudos nobiliarios, que hablan de la hidalguía de unos vecinos que siempre presumieron de estar, al menos en momentos decisivos, con la Corona.

Su callejero quebrado, de calles empinadas y estrechas, habla también de un pasado defensivo en el que lo importante era no separarse demasiado de la fortaleza a cuyo amparo fue desarrollándose. Por eso, tal vez, impresiona más la contundencia con que emerge la iglesia del Salvador.

El templo actual fue rehecho en el siglo XVI sobre uno anterior románico, del que ha perdurado la parte realizada en piedra de su elevada torre, uno de los pocos ejemplos de torre románica en la provincia. El interior del templo guarda notables obras de arte, como el retablo mayor, en el que trabajó Inocencio Berruguete.

También un Santiago peregrino del siglo XVI y un retablo dedicado al apóstol. No muy lejos de allí hace esquina el antiguo hospital fundado en el siglo XVI por Diego Bretón y que estuvo en funcionamiento hasta 1840. Pero el gran edificio histórico de la localidad es su castillo.

Archivo de Simancas En el lugar en el que habían existido las anteriores fortalezas fue reedificado por los Almirantes de Castilla en el siglo XV. Ya en manos de la Corona sirvió después como cárcel real y fue Felipe II quien ordenó a Juan de Herrera que lo adaptara definitivamente para ser utilizado como Archivo General.

Es así como pasó a custodiar muchos de los principales escritos en los que fue quedando plasmada la historia de España hasta el siglo XVIII.

Actualmente alberga más de 800.000 legajos, de los que cada uno puede contener entre 400 y 500 documentos. Uno de ellos, el testamento de Isabel la Católica.

Antes de proseguir viaje conviene buscar, por la calle que se abre frente al Ayuntamiento, el mirador sobre la llanada pinariega que el peregrino ha dejado definitivamente atrás, con el río Pisuerga y su largo puente a los pies, y la capital vallisoletana al fondo.

A partir de aquí comienza la travesía de los Torozos, altiplanicies calizas en las que el suelo arenoso de los pinares irá quedando como un recuerdo cada vez más lejano y la sombra densa de los pinos acabará dibujándose como un deseo imposible de cumplir.

La frontera del Pisuerga es, en este caso, la marca de un cambio radical en el paisaje y, a buen seguro, también en el ánimo de quien camina, con paso firme, hacia la meta compostelana.

La leyenda de las doncellas

El topónimo de la localidad esconde sus orígenes en una lejana leyenda: la de las siete doncellas que el rey Abderramán II exigía al rey Ramiro I de León, como la parte que le correspondía a la villa de Simancas del pago total de 100 que reclamaba para mantener la paz en el reino.

Hecho el sorteo y elegidas las doncellas que de la villa debían partir, fueron ellas quienes, encerradas ya en la torre del castillo, decidieron, como medida desesperada, que de entregarse lo harían buscando la repulsa de su captores: con una mano cortada.

Es así como ensangrentadas se ofrecen al rey moro, que no dudó en rechazarlas: "Si mancas me las das, mancas yo no las quiero".

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